Con la patria nos hemos topado PDF Imprimir E-mail
Opinión / Actualidad - Política
Escrito por Víctor Moreno   
Lunes, 23 de Octubre de 2017 00:00

La patria ha vuelto. Y de qué modo. Se trata de una patria que da miedo y, si no lo da, lo produce la defensa que hacen de ella los que se consideran sus legales y legitimados amos. La patria ya no radica en la libre soberanía popular, sino en la ley que impone el poder político coyuntural por vía cojonaria constitucional.

Dulce et decorum est pro patria mori» (dulce y honorable es morir por la patria), escribió Horacio en una de sus Odas. Este era un verso que los profesores de bachillerato de antaño nos mandaban traducir en las clases de latín. Los versos que completaban la estrofa no solían entrar en el capítulo de la traducción. Eran los siguientes: «mors et fugacem persequitur virum/ nec parcit imbellis iuventae/ poplitibus timidove tergo», que traducidos quedarían así: «la muerte persigue al hombre que huye; no perdona de una juventud cobarde, ni las rodillas, ni la temerosa espalda». El poeta Owen hablaría de la vieja mentira de ese primer verso horaciano, pues la mili ni era ni dulce, ni honorable, sino una barbaridad. Morir por la patria era una mierda. Como la muerte, que no es hermosa, ni nunca lo será.

En estos tiempos convulsos, la patria ha vuelto y todo el mundo sabe cómo ha sido. Aunque no se trata de darlo todo por ella, para eso ya está la Guardia Civil, la verdad es que acojona el discurso neo-falangista que sobre dicho concepto pretenden imponer sus nuevos propietarios. Porque la Patria tiene dueños, tanto que ya no se sabe si uno vive en una Nación, en un Estado, en un Estado de Derecho, en una Patria o en un panóptico carcelario, donde cualquier gesto, cualquier palabra, cualquier movimiento intencional, puede ser catalogado como delito.

La patria, en efecto, ha vuelto. Y de qué modo. Se trata de una patria que da miedo y, si no lo da, lo produce la defensa que hacen de ella los que se consideran sus legales y legitimados amos. La patria ya no radica en la libre soberanía popular, sino en la ley que impone el poder político coyuntural por vía cojonaria constitucional. Basta con fijarse en el espectáculo que antes, durante y después del 1-0 ha interpretado la clase política defensora de su patria y, a su cercén, la gente de la calle, para percibir que se trata de una patria de chichinabo, envuelta en una retórica de detritus, llena de tópicos y estereotipos que utilizaban los vates decimonónicos para escribir sus ripios en los certámenes de los juegos florales de esa época.

En 1893, Germán Gamazo consiguió que los navarros salieran a la calle para defender los fueros y el ministro fuese considerado un regalo de la Providencia por los aborígenes de la provincia. En 2017, Puigdemont, no sabemos si enviado también por la Providencia o por el Diablo, ha conseguido que los chinos hicieran el octubre con las banderas españolas, mediante las cuales la gente «patriotesca», a falta de otra argamasa mental, ha manifestado dónde empieza y termina su sentido rabicorto de la patria.

Hay que reconocerlo. La gran triunfadora de este rifirrafe ha sido la bandera roja y gualda. Su contacto viral ha generado tal efervescencia molecular en el sistema linfático de ciertas gentes que, por poner un ejemplo, en la plaza de toros de Zaragoza, durante las fiestas del Pilar, los jóvenes toreaban las vaquillas utilizando dicho atavío. Nunca se había visto hasta la fecha uso tan insólito del más excelso símbolo de la Patria. ¿Sabían estos jóvenes lo que realmente estaban haciendo? La bandera española elevada a la misma categoría que la de un capote de maletilla. No solo. Pisoteada, babeada y desjarretada por una vaquilla paranoicas. Inexplicable que la autoridad competente no hubiese encausado a estos malandrines por utilizar dicho símbolo para un fin tan rastrero como el de torear un cabestro. ¡A dónde vamos a llegar!

Al parecer, el eslogan «todo por la patria» de la Guardia Civil ha alcanzado tales concreciones que ni el duque de Ahumada hubiera sido capaz de imaginar. Yo pensaba que la fecha del 2 de mayo de 1808 servía solo para que los madrileños se dieran un baño de autoestima cívica, pero me equivoqué. También se utiliza como referente privilegiado de lo que debe ser un ciudadano patriota. Y no es la primera vez que dicha efeméride se saca del baúl de las antiguallas como elemento segundo de la comparación positiva. El fascista E. Giménez Caballero ya comparó, en un folleto, la lucha del pueblo español contra la invasión napoleónica con el golpe militarista de 1936 contra la II República. Los seguidores fascistas de «Paco la Culona» luchaban contra los primos de los franceses de 1808, esta vez convertidos en comunistas, moscovitas, masones y ateos. Pues bien, en 2017, quienes defienden la unidad de España contra los independentistas catalanes son, mutatis mutandis, los que lucharon contra los invasores gabachos y los republicanos de 1936. De hecho, concitar en este aquelarre a Companys no iba tan descaminado, a pesar de la ignorancia histórica del núbil P. Casado, comunicador del PP.

En este panorama de manifestaciones excelsas sobre el patriotismo, la demagogia de las televisiones, estilo Goebbels, han demostrado estar a la altura que las circunstancias creadas por los «trileros independentistas» (Martínez Maillo, del PP, dixit), requería. Todas, al unísono «patrioteril», han intentado superar las manifestadas por el periódico “El País” y sus colaboradores… sin conseguirlo. Y eso que las han dicho gordísimas.

Un tertuliano acusaba a las izquierdas por reprobar que la fiesta del 12 de octubre se llamase “Día de la Hispanidad” y no “Día de la Resistencia Indígena”, pues olvidaban que la II República fue «quien también llamó esa fiesta como “Día de la Raza”, titulación mucho más ofensiva que la de Hispanidad, que luego adoptó». Y, abundando en la temática, sostendría que, si hubo conquista colonial, lo fue porque se dio una colaboración con los conquistadores por parte de los indígenas. Pero la patria española fue en todo momento una madre. Como lo es ahora, que vela por todos los españoles haciendo que se cumpla la ley y la constitución.

Maticemos. La “Fiesta de la Raza” se instituyó en 1913, gracias a la iniciativa del ministro F. Rodríguez que, también, fue alcalde de Madrid. Alfonso XIII, el 15 de junio de 1918 declararía, por decreto, fiesta nacional el día doce de octubre de cada año, «con la denominación de Fiesta de la Raza». Como Día de la Hispanidad sería adoptado, a propuesta del sacerdote español Zacarías de Vizcarra, residente en Argentina. Ramiro de Maeztu, embajador de España en Buenos Aires en 1928-1929, apoyaría dicha iniciativa (Acción Española, 15.12.1931). Durante la II República se llamaría Día de la Hispanidad. El franquismo tardaría en asumir oficialmente dicha denominación, que lo haría el 10 de enero de 1958 con firma de «La Culona». En cuanto a la colaboración de los indígenas con su masacre, estaría bien que estos entendidos leyeran el libro “Versión de los Vencidos”, edición de Miguel León Portilla y que puede bajarse de Internet.

Todo este asunto, me ha recordado el exabrupto del doctor Samuel Johnson (1709-1784): «El patriotismo es el último refugio de los canallas». Naturalmente, se refería al patriotismo de los demás, ese que siempre es falso, como el de los patriotas de la Gürtel y de la Púnica, por ejemplo. Para calmar a las fieras canallas que se habían dado por aludidas, Johnson diría que «un patriota es aquel cuya conducta pública está guiada por un solo motivo: el amor a su país» (James Boswell, “Vida de Samuel Johnson”).

Definición muy complicada de entender si el amor anda por medio. Así, no parece que el patriotismo sea ni el primero ni el último refugio de canallas más o menos amorosos. No es ni refugio, porque tal patriotismo no existe. ¿Alguien conoce a un político al que en sus actuaciones solo le guie el amor a su país? Todos son potenciales canallas o corruptos. Al margen de uno mismo, claro.

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Fuente: naiz

 

Club de Amigos de la UNESCO.