La Guerra Civil que hubo que novelar PDF Imprimir E-mail
Nuestra Memoria - Cultura de la Memoria
Escrito por Verónica Viñas   
Jueves, 02 de Agosto de 2012 05:58

El norteamericano Ernest Hemingway fue uno de los primeros que publicó sus vivencias como corresponsal en la guerra española en la novela Por quién doblan las campanas. Historias de vencedores, de perdedores, de los olvidados… la Guerra Civil como trasfondo o como verdadera protagonista. Hay decenas de títulos que, bajo la apariencia de thriller, con estilo costumbrista, épico o histórico, pertenecen en realidad al género de novelas de la Guerra Civil. Almudena Grandes lo tiene claro y se ha embarcado en el ingente proyecto de escribir una ‘saga’ de seis novelas sobre el conflicto español. Una suerte de episodios nacionales sobre la «incivil» contienda y la posguerra en los que recrea aquellos años de plomo en la estela de su admirado Benito Pérez Galdós. Tras Inés y la alegría, acaba de publicar El lector de Julio Verne, una historia de terror y aventuras contada desde la voz de un niño. Almudena Grandes ya había retratado el arribismo de los ganadores en El corazón helado. También dedicó una saga a la Guerra Civil José María Gironella, autor de Los cipreses creen en Dios, Un millón de muertos, Ha estallado la paz y Los hombres lloran solos, que escribió entre 1953 y 1986, y le consagraron como uno de los escritores españoles más leídos y, finalmente, olvidados. La forja de un rebelde es la trilogía de Arturo Barea sobre la Guerra Civil (La forja, La ruta y La llama), en la que relata su propia historia. Hijo de una lavandera, huérfano de padre, soldado en las guerras de África y director de la oficina de prensa republicana escribe en el exilio: «Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero.»

En El lápiz del carpintero y en La lengua de las mariposas Manuel Rivas cuenta «esto que llamamos de forma inexacta Guerra Civil y que en Galicia encuentra una palabra precisa para definir aquello: fue una cacería humana, puesto que aquí no hubo ni un solo muerto por parte de los golpistas y sí hubo miles de muertos y exiliados y centenares de miles que sufrieron prisión». Antón Rexa y José Luis Cuerda adaptaron las dos novelas, porque la Guerra Civil también ha sido un filón para el cine. Muchos escritores, como Rivas, han tratado de recomponer la memoria amputada. Censurada durante el franquismo, Réquiem por un campesino español, escrita por Ramón J. Sender en su exilio mexicano, expresa su compromiso político al mostrar dos ideologías distintas a través de la historia de los dos protagonistas.

Soldados de Salamina, de Javier Cercas, adentra al lector en el conflicto a través de un periodista del siglo XXI que intenta localizar al soldado republicano que perdonó la vida a Rafael Sánchez Mazas, miembro de la Falange y uno de los máximos apoyos de José Antonio Primo de Rivera. Los girasoles ciegos es una historia triste de los perdedores de la Guerra Civil. Igualmente triste fue que su autor, Alberto Méndez, muriera un año después de alumbrar su única obra sin disfrutar del éxito que cosechó José Luis Cuerda con la versión cinematográfica.

Los olvidados

Entre los olvidados de la Guerra Civil, sin duda, están las mujeres. Las esposas, hijas y madres de los combatientes; incluso algunas jugaron papeles cruciales en la contienda, pero nunca fueron reconocidas. Dulce Chacón rescató a aquellas víctimas en La voz dormida, cuyas protagonistas son las presas de la cárcel de Ventas. Una novela dedicada «a aquellos que se vieron obligados a guardar silencio» y con la que Benito Zambrano obtendría, también en la gran pantalla, mayor reconocimiento que la autora. Fernando Marías se vale de los ojos de un niño en Cielo abajo para contar la historia de un huérfano que sueña con ser aviador, pero que se ve obligado a ser espía al servicio de los franquistas.

Tras Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie, Juan Eslava Galán volvió a adentrarse en el conflicto español en La Mula, una novela basada en hechos de la Guerra Civil en la zona de Andújar (Jaén) que le narró su padre, que en la contienda fue soldado acemilero. Con anterioridad, Eslava Galán ya había tocado el tema de la guerra en Señorita, una historia de espías en la que todos los protagonistas son agentes de alguna mentira y donde aborda cómo España sirvió también de campo de experimentación para la Gran Guerra que asolaría después a Europa. Jordi Soler se ha sumergido varias veces en las cicatrices que dejó la guerra española, quizá porque él mismo ha sido una víctima. Nació en La Portuguesa, una comunidad de republicanos catalanes situada en la selva de Veracruz, en México. Su última incursión ha sido La fiesta del oso, que algunos entienden como el final de una trilogía –tras Los rojos de ultramar y La última hora del último día-, aunque en el ánimo del escritor no estaba, ni mucho menos, hacer una saga sobre la guerra española. La fiesta del oso narra la historia de Oriol, un republicano perdido al final de la contienda. En la guerra se pierden los destinos. Historias que parecen cerrada, de repente, toman un cariz inesperado y la historia de Oriol es una de esas.

Los leoneses

El leonés Andrés Trapiello se coló en la Guerra Civil por dos caminos, el de la novela (La noche de los cuatro caminos. Una historia del Maquis) y el del ensayo (Las armas y las letras), una auténtica guerra civil de palabras. Porque sostiene el escritor de Manzaneda de Torío que la guerra estuvo llena de escritores con fusiles, pero fueron más peligrosos los poetas que alentaron a matar. Los maquis, los héroes silenciados de la Guerra Civil, han podido reconquistar el papel que desempeñaron en la contienda gracias a escritores como el leonés Julio Llamazares, que hizo un espléndido retrato de los guerrilleros antifranquistas en su libro Luna de lobos, adaptado al cine por el director Julio Sánchez Valdés. Alas negras, de Miguel Ángel Otero Furelos, narra los últimos días en un bosque del Bierzo de Manuel, el último guerrillero de una famosa partida de maquis. En la crudísima novela de Ramiro Pinilla Antonio B. ‘El Rojo’ también se nombra a la guerrilla de La Cabrera. El escritor y policía leonés Alejandro M. Gallo igualmente les sigue la pista en Caballeros de la muerte. La última batalla del maquis. En El año del Wolfram, el leonés Raúl Guerra Garrido afronta los trágicos sucesos de los años 40 entre los maquis y la Guardia Civil. Las historias de estos guerrilleros embarcaron en una particular aventura a los escritores leoneses César Gavela, en El puente de hierro y La raya seca; y a Santiago Macías, en El monte o la muerte.

Antonio Muñoz Molina elige la primera persona para describir el Madrid de los primeros días de la guerra en La noche de los tiempos. Un día de finales de octubre de 1936 el arquitecto español Ignacio Abel llega a la estación de Pennsylvania, última etapa de un largo viaje desde que escapó de España, vía Francia, dejando atrás a su esposa e hijos, incomunicados tras uno de los múltiples frentes de un país ya quebrado por la guerra. Durante el viaje recuerda la historia de amor clandestino con la mujer de su vida y la crispación social y el desconcierto previo que precedieron al estallido de la guerra. Asimismo, Plaza del Castillo, de Rafael García Serrano, es la novela de las vísperas. La Guerra Civil está a punto de estallar, pero aún no lo ha hecho. Es como si los españoles todos hubieran alcanzado el acuerdo tácito de correr los encierros antes de lanzarse a los campos de batalla.

Por el contrario, Invierno en Madrid, de C. J. Sansom, traslada al lector a los primeros años de la posguerra española, a una ciudad sombría que aún se está lamiendo las heridas de las batallas, desolada por el hambre, cargada de odio y donde los espías extranjeros están detrás de cada esquina para adelantarse al posible movimiento que Franco diera para que España entrase en la Segunda Guerra Mundial en el bando de los fascistas.

Las tres heridas, de Paloma Sánchez-Garnica, descubre las únicas razones por las que es importante vivir y morir. El título, basado en el conocido poema de Miguel Hernández Llegó con tres heridas, describe el conflicto a través de dos familias de diferente clase social para mostrar el absurdo de una guerra, sus profundas injusticias y cómo es capaz de torcer, de un modo irreparable, las vidas de víctimas inocentes. Tampoco hay que olvidar Campos, de Max Aub; La pólvora y el incienso, de Hilari Raguer; el Diario de Hamlet García, de Paulino Masip; o el Madrid, de corte a checa, de Agustín de Foxá; La larga marcha, de Rafael Chirbes; El nombre que ahora digo, de Antonio Soler; y Las trece rosas, de Jesús Ferrero. La lista es interminable...

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Fuente: Diario de León