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Imperio - Palestina, Israel y Mundo árabe

Cárceles palestinasLas mártires silenciadas de Palestina

 Óscar Bornay / Levante

Las secuelas de la violencia. Las madres y esposas de los mártires palestinos soportan sobre sus hombros la pesada carga social de representar de cara al mundo el sufrimiento y la lucha de su pueblo, en muchas ocasiones incluso por encima de sus propios sentimientos. 

 

Samira Musa Ramadan Ebrash es la madre de Saaber, un "shahid", un mártir de la causa palestina, uno de los más de treinta que la segunda Intifada (2000-2005) dejó en el campo de refugiados de

Al Am'ary, cerca de la ciudad cisjordana de Ramala. Saaber fue abatido en el año 2000 por soldados israelíes durante una protesta cerca del complejo presidencial palestino, el palacio de la Mukata. Tenía 15 años, y fue una de las primeras víctimas del último gran levantamiento contra la ocupación israelí.

Un estallido de furia desatado tras la visita del ex general -y luego primer ministro israelí durante la represión de la Intifada- Ariel Sharon a la explanada de las mezquitas en Jerusalén en septiembre de ese mismo año. La familia Ebrash, refugiados desde la conquista israelí de Cisjordania tras la Guerra de los Seis Días en 1967, ha pagado un precio muy alto por oponerse a Israel.

Lo dice su hogar, presidido por un enorme retrato del joven Saaber, niño moreno de ojos escrutadores, nacido en un tiempo y en un lugar en el que la infancia perdió su derecho a llamarse así. Como otros tantos miles de jóvenes palestinos, su generación cambió los cuadernos escolares por piedras, y a cambio recibió plomo. Lo dicen también los ojos tristes de Samira, las arrugas de su rostro.

A la pérdida de Saaber se une el destino de otros dos de sus ocho hijos, Mohamed y Ramzi, presos de por vida en la cárcel israelí de Beersheva. Mohamed, de 28 años, fue apresado tras resultar herido en un combate con militares hebreos. A consecuencia de sus heridas perdió prácticamente la vista y una pierna.

Una pesada carga

En los últimos años, y aunque el proceso de paz no sólo no ha avanzado, sino que está en un punto muerto, Israel ha relajado en algunos casos el estricto régimen de visitas a que somete a los presos palestinos -actualmente hay 7.000 en las cárceles israelíes, y sólo durante 2010 han sido enviados a prisión unos 1.400,según Isa Karakas, ministro de Presos de la Autoridad Nacional Palestina (ANP)-. Esto significa que Samira y su marido, Khamis, pueden ver a Mohamed una vez al mes, siempre a través de un cristal que impide cualquier contacto.

Su otro hijo, Ramzi, también involucrado en la resistencia palestina, y acusado de matar a un soldado hebreo, fue detenido el mismo día de su boda tan sólo un año después que su hermano, en 2004, ante la impotencia de sus padres y de la que iba a ser su esposa, que nunca llegó a serlo.

Ser la madre de un mártir en Palestina añade al dolor una pesada carga social que se une, en el caso de Samira, a la condena de sus otros hijos. La sociedad palestina les otorga un estatus que en la inmensa mayoría de los casos no eligieron y que las obliga a esconder sus verdaderos sentimientos.

De puertas para afuera deben ser la imagen de la dignidad resistente de su pueblo frente a la adversidad. Ésa es la imagen que se espera de ellas. Ésa es la imagen que dan a los medios. Sin embargo, en la intimidad de su casa, a la que se accede por un miserable callejón, Samira puede desprenderse de ese manto de silencio. En su casa puede mostrar las fotos de sus hijos perdidos. Puede tocar sus rostros impresos en papel. Y entonces puede, por unos momentos, dejar de ser la madre de Saaber, el niño mártir, y puede llorar.